CAMPAMENTO EN EL AYUI

Al firmarse la paz entre el imperio portugués y las Pro­vincias Unidas del Río de la Plata, la Banda Oriental era en­tregada al invasor extranjero. Se inicia así el Éxodo Uru­guayo. Antonio P.Castro escribe al respecto una página de la que extraemos los siguientes párrafos:

“Rondeau abandonaba Montevideo. Artigas, el héroe de Las Piedras, caudillo indiscutido de los orientales, quiso antes resistir el inaudito atropello y la increíble resolución su­perior. (...) Pero todo era inútil, y debió ceder ante la imposición de la fuerza, y el 12 de octubre de 1811 se inició la retirada. Al frente Rondeau, con sus lanceros argentinos; después, Artigas, con sus blandengues, y cerrando la marcha ...¡todo el pueblo oriental!

Porque eran hombres, mujeres, niños, ancianos, ricos y pobres, indios, carretas, carruajes, animales, el pueblo en ma­sa, sin excepciones, que prefirió arrostrar la suerte de su jefe a ver su patria avasallada. Y la trágica marcha fue lar­ga, terrible, innominable. Los pueblos se destruían, los cam­pos se abandonaban, los ranchos se quemaban. El pueblo se iba. Nada debía quedar al alcance del invasor.

(...) Así atravesaron la Provincia Oriental. Así, a pie los más, llegaron el 18 de octubre al pueblo de Santa Lucía, el 25 a1 otro lado del San José, el 29 a las lomas de Monzón, donde Rondeau se separó de sus hermanos con rumbo a Buenos Aires. Y Artigas y su pueblo siguen, siguen... Pasan el Río Negro, pasan el Queguay, el Daymán y llegan al Salto Chico, sobre el río Uruguay.

Los fogones entretenían la monotonía de la dantesca mar­cha, y aunque fuera cierto que no había que comer, nadie se quejaba, y un poeta de la tierra gaucha (Hidalgo) les ale­graba el alma cantándoles la inmortal cuarteta que improvisara:

¡Orientales! La Patria peligra;

y reunidos, al Salto volad.

¡Libertad!, entonad en la marcha.

Y al regreso decid: ¡Libertad!

Allí permanecieron desde mediados de diciembre hasta fi­nes del mismo mes, y en vista de la inseguridad del improvi­sado campamento, amenazado por el poderoso ejército portugués, Artigas pasa el río madre e instaló su pueblo en el “paradero” jesuita Ytú, o sea “El Salto”, fundamento de la actual ciudad de Concordia donde hoy esta el establecimiento conocido por “El Naranjal” de Pereda, en su origen del coronel Vica y luego de don Juan O’Connor.

Después de cinco meses de sufrimientos en “Ytú”, también debieron abandonar esa posición, y entonces lo trasladó un poco más al norte, entre los dos Ayuí (a siete leguas de Con­cordia), y retirándose algo más de la costa, allí queda has­ta fines de septiembre de 1812, en que retornaron a la patria jamás olvidada, después de doce meses de crueles sufrimien­tos, tanto morales como físicos.

Fue terrible la vida que llevaron los bravos orientales en los montes concordienses: en total, cerca de 16.000 personas, entre familias, soldados, agregados e indios; eran 945 carrua­jes (lo que probaba la clase e importancia de las familias que formaron el éxodo), pocos caballos; algunos carretones viejos y la pobre impedimenta que pudieron preservar de la rapiña y el desgaste de la marcha.

(...) El éxodo del pueblo oriental es indudablemente el acontecimiento más trascendental de América, y en particular de las luchas de nuestra independencia, así como el ejemplo más grande que un pueblo diera de amor a la libertad de su patria. (Antonio P. Castro)    


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El éxodo


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