El primer hospital de Felipe Heras

La nota y el recuadro fueron publicados por la revista “La Calle” en su edición del 2 de agosto de 1981

La revista de los médicos

Desde algún tiempo atrás, aparece en nuestro medio Medicina de Concordia, una publicación de la Asociación Médica de nuestra ciudad. Se trata de una revista especializada, como es lógico, dirigida por el Dr. Miguel Ángel Albornoz, a quien secunda un eficaz grupo de médicos.

Del Dr. Albornoz podemos decir que es un profesional de la medicina con alma de amateur del periodismo, ya que su labor en este oficio es de vieja data.

También es de mucho tiem­po atrás su curiosidad por la historia de Concordia y, en ese terreno, ha buceado siempre en los hechos y la documentación que jalonan sus ciento cincuenta años.

En tal sentido ha logrado rescatar del pasado, acontecimientos, fechas y personajes que brindan nuevos datos para todos aquellos que gustan estos temas y que, por otra parte, no son pocos.

En el Nº 3 de la revista que comentamos, como nota editorial, el Dr. Miguel A. Albornoz se refiere a “El primer hospital de Felipe Heras”, cuya foto ilustra la tapa, ya que el edificio aún permanece de pie. Es un aporte valioso, especialmente porque lo ubica con exactitud, y lo expresa con sobriedad, haciendo suyo aquello de que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Para quienes no reciben Medicina de Concordia, publicamos la nota textual porque la consideramos de interés.

Es de recalcar que no se refiere, el autor, al primer hospital de Concordia, sino del Dr. Felipe Heras. Y es así, por cuanto él mismo se encarga de aclarar que hubo otros intentos.

No podemos analizar los demás temas tratados, porque, aunque están en castellano, para nosotros es chino.

En cambio, podemos agregar que esta muy bien diagramada.

La impresión de Edel Offset, óptima.

 

El primer hospital de Felipe Heras

Hace muy pocos años que Concordia ha sido declarada ciudad. Ello ocurre en las postrimerías de 1872, es decir cuando la Villa de la Concordia tiene apenas cuarenta años. La Municipalidad funciona con la inquietud de prestigiosos vecinos que no se dan tregua en su accionar para llevar el progreso a la población soñada por Ca­rriego, Espino y el fraile Mariano José del Castillo. Ya se ha percibido que para atender las necesidades de salud de la población carente de recursos es necesario contar con un centro de asistencia e internación. Algún intento realizado en 1860, cuando se alquila en lo que es hoy calles Rivadavia y Roque Sáenz Peña (actual Club Libertad) “dos amplios y bien ventilados locales de techo de paja”, fracasa al poco tiempo por que según bien fundadas sospechas, no se puede pagar el alquiler. Tiempo después, en 1865, Bartolomé Mitre tiene durante su organización en la Villa del Ejército de la Triple Alianza, un rudimentario “hospital de sangre”que solamente está destinado al objetivo militar de entonces.

Así las cosas, en 1879 la necesidad es evidente. Los pobres no tienen donde concurrir para su asistencia y menos aún para su in­ternación en casos de cirugía o de simple clínica. Un periodista de poblada barba negra, que luego dará una brillante descendencia, de destacadísima actuación en todo el correr del siglo veinte, un periodista de los quilates del doctor Leoncio de Luque, abogado de exquisita sensibilidad social, reclama en su diado “El Progreso “la acción de las personas que compartan su inquietud. Corren los primeros días de noviembre de 1879. Y antes de finalizar ese mismo mes ya ha nacido, respondiendo al llamado del sagaz periodista, la benemérita Sociedad de Damas de Beneficencia de Concordia, que en el transcurso de más de cincuenta años de noble, perseverante, abnegada y esforzada acción habría de dejar estampadas en las páginas de la historia lugareña una estela de magnífica rutilancia.

En poco tiempo, con el asesoramiento de los médicos que entonces deambulaban por el ripio natural de las calles de la dudad, pero fundamentalmente con el invalorable entusiasmo de Felipe Heras, se habilita el hospital que la ciudad estaba necesitando. Modesto, humilde, sencillo. De escasas veinte camas. Pero con el sello indeleble de la “inquietud de soñadores”, al decir de Bernardo Grimberg. Febrero de 1880 ve a Felipe Heras dirigirse presuroso a atender el hospital, en edificio alquilado también, de las Damas de Beneficencia.

El tiempo no quiso que el edificio del primer hospital de Felipe Heras sufriera la agresión de los picos, barretas y martillos de la demolición. Y allí está, como un documento y un monumento de la dudad. Como un monumento sin placas a la Sociedad de Damas de Beneficencia. Como un mudo testigo del ayer. En la calle que entonces se llamaba Gualeguaychú, que hoy se llama Evaristo Carriego. Y que lleva el número 124. Antiguo, vetusto, pero sólido, solemne.




 

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